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Buenos Aires - La
mortalidad por enfermedad coronaria
retrocede impulsada por cambios en los
hábitos de la población. En los sectores
desfavorecidos esta tendencia se frena
porque persisten factores de riesgo como
la mala alimentación y el tabaquismo. En
qué fallan las campañas de
concientización.
Una buena noticia: la mortalidad coronaria
está en baja. Países como Finlandia, que
presentaba las tasas más altas de
mortalidad coronaria en los años 60, la
redujeron en un 70%. También Italia,
Inglaterra y Francia disminuyeron entre un
30 y un 50%. La Argentina no se queda
atrás, con una reducción del 40% en las
últimas décadas, según datos de la
Organización Mundial de la Salud.
Dilucidar si esto se debe a que existe una
mayor conciencia en el mundo con respecto
a los factores de riesgo o a los avances
de la tecnología es una de las preguntas
de los especialistas.
"El descenso de la mortalidad se produjo
una década antes de la amplia difusión de
los tratamientos efectivos”, destacó el
Dr. Martín O’Flaherty, médico de staff del
Hospital Universitario Austral, versado en
políticas de Estado ante las epidemias e
investigador en Epidemiología
cardiovascular en la División de Salud
Pública de la Universidad de Liverpool
(Inglaterra). Sostuvo que 2/3 de la caída
en la mortalidad se atribuyen a cambios en
la dieta y en el estilo de vida, y 1/3 a
los tratamientos médicos y quirúrgicos.
“Es interesante que procedimientos que
parecen muy efectivos y costosos han
contribuido muy poco a la caída en la
mortalidad”, enfatizó. Citó el ejemplo de
la cirugía coronaria y la angioplastia,
que solo contribuyen un 4% a la caída
observada.
Una mala noticia: la tendencia mundial al
descenso de la mortalidad cardíaca
desacelera en los sectores marginales de
la sociedad. El Dr. O’Flaherty, que se
encuentra viviendo en Liverpool, publicó
este mes un estudio acerca del tema en el
British Medical Journal (BMJ), en
el cual indaga en la relación entre
enfermedad coronaria en adultos jóvenes en
Escocia y desigualdades sociales. Analizó
datos poblacionales del período entre 1986
y 2006 de personas de 35 años o más, con
el objetivo de comprobar si la mayoría de
los factores de riesgo cardiovascular se
asociaban con un nivel socioeconómico
bajo. Junto con su equipo, finalmente
demostró que la tendencia de la mortalidad
cardíaca a disminuir se estanca en los
sectores desfavorecidos, debido en gran
parte a la prevalencia del tabaquismo, la
diabetes y la mala alimentación, sumados a
una educación pobre y un salario mínimo.
“En general, aquellas personas más pobres
y menos educadas tienden a tener hábitos
menos saludables. La inequidad es una
causa probable. Es parte de lo que en
salud pública llamamos la trampa de la
pobreza: la pobreza esencialmente elimina
la capacidad de elegir un estilo de vida
saludable por varios motivos. En primer
lugar, la gente con dificultades
económicas maximiza el valor calórico de
lo que compra, elige comida rica en grasas
y calorías. Y no tiene los recursos
educativos y personales para, por ejemplo,
dejar de fumar. Así aparece la trampa: sus
conductas generan enfermedad, la
enfermedad genera pobreza”, expresó el Dr.
O’Flaherty.
A modo de solución, cree que el estado
debería “subsidiar” un estilo de vida
saludable. “Sabemos exactamente lo que hay
que hacer para prevenir esas muertes, pero
simplemente, no lo hacemos”, concluyó.
Las campañas de concientización no
alcanzan
Que hábitos como el tabaquismo y la mala
alimentación sobrevivan a pesar de la
promoción constante de la salud sugiere,
según el Dr. O’Flaherty, que existen
barreras que frenan los cambios. Opinó que
no acaban de ser totalmente efectivas
porque “tienden a responsabilizar al
individuo, y a veces este no puede cambiar
porque el ambiente es adverso y no fomenta
el cambio”. Por otra parte, si bien el
cambio individual es importante, el
investigador afirmó que las campañas nunca
van a lograr que toda una población
cambie, y ahí es donde entran en juego las
políticas estatales.
“Comprás un producto pensando que es
saludable pero a veces tienen grasas trans
o sal. ¿Qué pasaría si en vez de tener que
fijarte vos y preocuparte de leer las
etiquetas (y entenderlas) directamente
obligaras a la industria alimentaria a que
elimine o reduzca esos nutrientes? Se hizo
con el tabaquismo, falta aplicarlo en la
alimentación. El impacto sobre la
población sería mucho mayor”, ejemplificó.
Este es el momento de tomar medidas; el
Dr. O’Flaherty resaltó en el estudio
publicado que, dada la dinámica de la
población, las tasas de mortalidad
cardíaca pueden incrementarse nuevamente
si no se controlan los factores de riesgo:
“El patrón en Europa y los Estados Unidos
es que en general la gente come menos
grasas saturadas y fuma menos, pero por
ejemplo se comen mas calorías, se hace
menos actividad física y se come más sal.
El resultado es que si bien bajan el
colesterol y el tabaquismo, la obesidad y
la diabetes están aumentando, y
llamativamente las cifras de presión
arterial en jóvenes, particularmente en
mujeres están empezando a dejar de
descender”. Buenas y malas noticias, para
estar alertas. |