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Buenos Aires - Cuando el
cáncer irrumpe en una familia, no solo el
enfermo es el perjudicado. El efecto
repercute en familiares y amigos, cuyas
vidas también se ven alteradas y que de
pronto se encuentran con que no saben cómo
dirigirse, qué decirle a la persona
querida que sufre.
Por esto, la American Cancer Society
sugirió recientemente una serie de pautas:
*Sea honesto: a menudo admitir que no se
sabe bien qué decir pero se está dispuesto
a acompañar es mucho mejor que “actuar”
una sensación de tranquilidad y seguridad.
*Pregúntele y ofrézcale el oído a la
persona afectada para que pueda contar
cómo se siente y del tema.
*Ofrezca cualquier tipo de ayuda que sea
necesaria.
*Aún cuando esté en desacuerdo, respete la
forma en la cual el paciente desea
articular y llevar su tratamiento.
*Evite los consejos o los “juicios”.
A veces es de utilidad, además, conocer el
proceso por el cual atraviesa una persona
desde el diagnóstico hasta el final de los
tratamientos, durante el cual surgen y se
alternan sensaciones de angustia, miedo,
frustración, culpa, ira, enojo, ansiedad e
incertidumbre. Esto es “emocional,
previsto y esperable”, según la Lic.
Daniela Berdinelli, psicooncóloga e
integrante del Servicio de Psiquiatría del
Hospital Universitario Austral.
Destacan la importancia esencial que
durante este tiempo cobra la relación
tripartita “médico-paciente-familia”:
“Cuanto más abierta sea la comunicación
sobre los temores, fantasías y creencias
que la enfermedad provoca, más efectiva
resultará la relación entre los
integrantes de la familia. Esto además de
brindar alivio, facilita la situación al
momento de tomar decisiones o aliviar el
sentimiento de culpa que toda enfermedad
produce en el ámbito íntimo”, sostuvo
Berdinelli.
Aceptar el diagnóstico
Una vez confirmado el diagnóstico de la
enfermedad, comienza el camino de la
aceptación. “En un primer momento, las
personas afectadas por cáncer suelen
presentar un período de incredulidad, que
suele ir acompañado por la incapacidad
para procesar claramente la información.
Se sienten aturdidos o en estado de shock.
En la segunda instancia –que por lo
general coincide con el comienzo de los
tratamientos–, el paciente empieza a
aceptar paulatinamente la realidad y a
sentirse ‘activo’ frente a ella”,
describió la Lic. Berdinelli.
“Posteriormente –continuó–, a medida que
los tratamientos avanzan y se ofrece una
mayor cantidad de información se alcanza
la tercera fase que está orientada a la
búsqueda de respuestas que permitan darle
un sentido tolerable a la situación”. De
acuerdo con la especialista, habitualmente
los pacientes que deciden involucrarse más
en su tratamiento presentan una actitud
más asertiva y toman la situación como un
“desafío a vencer”.
Un momento crítico cuando se trata de
enfermedades complejas y prolongadas es el
de la finalización de los tratamientos,
pues los pacientes suelen experimentar
alegría y alivio, aunque también angustia,
desamparo y un marcado aumento de la
vulnerabilidad.
Por esto, según el Dr. Mario Bruno, jefe
del servicio de Oncología del Hospital
Álvarez, “para alcanzar y retomar la
calidad de vida que el paciente tenía
antes de descubrir su patología, resulta
fundamental que, justamente, después del
abordaje de la misma, sea capaz de hacer
todo lo que hacía antes. Si trabajaba y
eso le daba placer y alegría, lo mejor es
que vuelva a hacerlo. Lo mismo ocurre con
las salidas y los paseos. Igualmente, no
hay que descartar el dejar de lado ciertos
hábitos que no son buenos, e incorporar
deportes o hobbies que permitan
distenderse y pensar en otra cosa”. |